Desde la ética y la bioética se pone de manifiesto la necesidad de potenciar la compasión, eso sí, en su justa medida y en equilibrio con el resto de valores. La compasión en el profesional es sinónimo de éxito en su labor y garantía de bienestar para el paciente. Hacemos hincapié en el equilibrio, pues un exceso puede nublar en ocasiones la percepción y la toma de decisiones en torno al enfermo; mientras que un defecto puede provocar un agotamiento acelerado y un mal trato hacia los pacientes y enfermos.
Somos conscientes de que encontrar ese equilibrio no siempre es fácil. La buena noticia es que la compasión se puede trabajar y como todo en la vida, se consigue practicando, con algo de esfuerzo y constancia.
El primer paso para llegar a esa compasión es poner en marcha nuestra empatía; comprender y sobre todo compartir el sufrimiento ajeno y ofreciendo ayuda y alivio a quienes lo padecen. Pensar en cómo nos gustaría ser tratados en esa situación puede servirnos para guiar nuestros actos hacia la persona a la que vamos a cuidar. La empatía implica ir más allá de nuestra propia persona y atender a los sentimientos y situaciones de quienes tenemos a nuestro alrededor.
Otro paso es buscar similitudes con las demás personas, en lugar de buscar las diferencias. Descubrir lo que tenemos en común y nos puede unir de algún modo nos abre a compartir ciertas situaciones con las personas a nuestro cargo. Si buscamos ser compasivos, aislarnos del sufrimiento que nos rodea no nos servirá.
Tampoco se trata de absorber todo ese dolor, volvemos de nuevo al equilibrio. Si logramos empatizar, el fin es ayudar a la otra persona a liberarse del sufrimiento; debemos pensar de nuevo cómo podría ayudarnos a nosotros compartir ese dolor.
Por supuesto en todos estos pasos la amabilidad debe ser nuestra actitud permanente. Hablar y tratar bien a los enfermos es clave para su bienestar y para nuestra práctica de la compasión, además nos hará sentir mejor a nosotros mismos.
Una de las últimas fases en la compasión y quizá una de las más complicadas, es potenciar la voluntad de aliviar a quienes no quieren nuestra ayuda y nos tratan de forma despectiva. Si logramos mantener la calma y la actitud empática y afable con esas personas, sin duda tendremos éxito. Esto no es una tarea fácil y nos llevará trabajo y esfuerzo, pero también garantizará la culminación de nuestro objetivo.
Como conclusión final en la práctica de la compasión, debemos reflexionar y analizar nuestros actos para con las personas a nuestro alrededor. Según los resultados, podemos enmendar aquello que nos aleje de la empatía en la próxima oportunidad que se presente.
La compasión nos ayudará a realizar mejor nuestro trabajo de cuidar a personas enfermas por su bien y por el nuestro propio. Los beneficios emocionales se reflejan en ambas figuras generando un mayor bienestar.