Claves para un programa familiar en trastorno mental grave

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Las familias ocupan un papel clave en el cuidado y soporte de las personas con Trastorno Mental Grave (TMG) y por ello es fundamental la realización de un programa de intervención familiar en un proceso de Rehabilitación Psicosocial. Algunos estudios lo consideran el tratamiento psicosocial más eficaz frente al TMG.

A la problemática de tener un familiar que sufra un TMG, se le une varias cuestiones que tenemos que tener en cuenta para planificar adecuadamente este tipo de intervenciones: desconocimiento de la enfermedad, estigma social, manejo diario de situaciones dramáticas, escasez de recursos, aislamiento psicosocial… Son algunas de las cuestiones que sufren las familias cuando aparece el TMG en sus vidas. Por ello, un programa de intervención familiar debe seguir una serie de claves para que la intervención sea eficaz.

Claves para un programa familiar en TMG

Intervenir en la familia para que sea un apoyo

Un apoyo para la persona afectada, ampliando el foco de intervención de la persona a su familia y/o contexto, involucrándolo desde el principio en el proceso de Rehabilitación Psicosocial de su familiar.

Disminuir la emoción expresada que pueda existir

El concepto de Emoción Expresada surge en el periodo de desinstitucionalización. Brown y sus colaboradores observaron que los pacientes que vivían con sus familias tenían más recaídas. Acuñaron el término emoción expresada para designar aspectos de la conducta emocional que dentro de un núcleo familiar se manifiestan hacia sus miembros enfermos.

Las diversas investigaciones aportan 5 componentes básicos, 3 de índole negativo y 2 de índole positivo:

  • Comentarios críticos acerca del paciente: afirmaciones no ambiguas de desaprobación o resentimiento, comentarios de rechazo o afirmaciones emitidas en un tono de voz crítico.
  • Hostilidad: rechazo del paciente o expresión de una crítica global.
  • Sobreimplicación emocional: actitudes de autosacrificio, sobreprotección o sobreidentificación hacia el paciente.
  • Calor: Manifestaciones de empatía, comprensión, afecto e interés hacia el paciente.
  • Comentarios positivos: Expresiones de aprobación, valoración o aprecio del paciente o de su conducta.

Es por ello que aparece el aislamiento social, también del familiar. Los miembros de la familia se centran en el cuidado del paciente y disminuyen sus relaciones sociales y en consecuencia los apoyos exteriores, con lo que empeora la capacidad como cuidadores que poseen, manteniéndose indefinidamente esta situación. Por ello, uno de los mejores predictores de recaídas es una alta emoción expresada. Un programa de intervención familiar debe tener en cuenta la reducción de estas conductas, siendo una eficaz arma para evitar las crisis en el trastorno.

Reforzar los vínculos afectivos relevantes

Mejorando así la dinámica familiar. El TMG va a alterar, inevitablemente la estructura familiar. Término acuñado por Minuchin que lo definía como el conjunto invisible de demandas funcionales que organizan los modos en que interactúan los miembros de una familia. Es decir, estas reacciones no se quedan sólo a nivel individual, sino que repercuten en la familia como grupo socializador primario.

Por nuestra experiencia, es frecuente que la estructura familiar de las familias con un miembro con TMG, se asimile a la de una familia aglutinada. El propio Minuchin las definía como aquellas familias que tienen dificultad para la individuación, problemas para la diferenciación.

Con ello se abandona la autonomía, no hay retos para la emancipación de sus miembros, lo nuevo y externo es considerado como peligroso y la conducta de un miembro repercute en los otros de manera excesivamente intensa. Es decir, los límites entre los subsistemas son excesivamente difusos y los límites con el exterior excesivamente rígidos.

El riesgo a que se repita un brote psicótico hace que la familia no intente nada nuevo, nada arriesgado que no salga de su zona de confort. Que todo sea previsible y rutinario. Se crean reglas que impiden que el tiempo avance, la familia se detiene en su ciclo vital, aparece la homeostasis y, con ella, la cronicidad. En un programa de intervención familiar debemos conseguir que la familia vuelva a activar su ciclo vital y que siga evolucionando.

Dar soporte e información a la familia

Para conseguir que la familia sea un recurso en sí mismo. Es decir, potenciar las capacidades de la familia. Toda crisis es un cambio y, por tanto, una oportunidad de transformación para que surjan nuevas oportunidades para las personas, para hacer énfasis en los vínculos y otros recursos personales que podían estar aletargados. La intervención familiar es una gran oportunidad para conseguirlo.

Ayudar a la creación de redes informales de apoyo entre los propios familiares

Una de e las intervenciones transversales que pueden proporcionar gran ayuda a sus miembros son los grupos de ayuda mutua. Los participantes, después de realizar un grupo de psicoeducación de familias, pueden seguir involucrados, realizando sesiones grupales para mantener relación y autoayuda. Sus funciones son:

  • Facilitar información.
  • Apoyo emocional.
  • Servicios organizados por los miembros del grupo con el apoyo de la institución.
  • Organización de actividades sociales.
  • Y las funciones que el grupo considere oportunas y que tengan que ver con los objetivos de la Fundación Rey Ardid.

Las primeras sesiones suelen ser dirigidas por un profesional, donde se marcarían las reglas del grupo (duración de la sesión, lugar, día, hora…) para luego pasar el testigo al grupo en sí, en donde habría una figura que llamaremos el facilitador. La persona, elegida entre todas, que desempeña el papel de dinamizador de grupo. Una persona con cualidades como la escucha activa, empatía y comunicación efectiva. Una herramienta que funciona de manera eficaz contra el aislamiento social de la familia y, con ello, mejora las dificultades diarias que comentábamos al principio de este artículo.